En este primer capítulo:
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Hace un par de semanas atrás...
Lo cierto es que Alejandra Fritz debería haber leído sola, quizás acompañada de Cristian Aedo, eso era más que suficiente. Poesía blanca, la de ambos, como copos de nieve cayendo sobre las teclas de un piano. La noche continuó. Estaba repleta de luciérnagas que pasaron por la casa. Hasta un duelo de guitarras hubo. Tacumbia le ganó a Raúl, el editor de Calabaza del diablo. Al otro día hicimos doce huevos revueltos. Después fuimos al cementerio en busca de la tumba de Juan Luís Martínez, no lo encontramos. Fumamos Derby y un sepulturero nos sacó una foto con la cámara de Mauricio Valenzuela. Hablamos de la muerte de Allende y la relación entre poesía y política, a propósito de un epígrafe dedicado a Aedo donde le dicen Lustrapico. Nos reímos, sobre todos nos reímos.
Después miramos el mar de Valparaíso. Tomamos agua y recordamos las películas de Cine en su casa, esas de moscas, abejas, pájaros asesinos. Esa tarde del miércoles se fueron a Santiago. A nosotros, los que quedamos, se nos partió la semana en dos, el jueves fue domingo. Hoy que es domingo parece jueves. Alejandra y Cristian me regalaron poemas de su autoría, los miro, el blanco de las hojas impresas me da frío.
En todo caso Mauricio no se llevó el sombrero que le regalé.
Un poema letal de Alejandra Fritz:
Welcome
Una de mis amigas se casó con un gringo
de luna de miel fueron a ver los deshielos
a mirar como el mundo cae a pedazos
enfriando con uno de los trocitos
un vaso con wisky de mala calidad.
De todos modos nada importa mucho
que el mundo se cae pedazos todo lo saben
que los gringos lleguen en masa a mirar
cómo este viejo país se deshace a saltitos
que naden en el mar que aún no entrega sus muertos
se fumen un pito en el desierto
mirando las estrellas sentados sobre la arena
sin importar que cada grano sepa
los nombres de quienes ya no están.
Chile aún duele a lo largo
a lo ancho duele a pedacitos
Chile es una larga
angosta herida al costado de Sudamérica.